Capítulo VI
LEJOS DE CASA
Después de haber hablado sobre la santidad de nuestro fundador y antes de entrar propiamente en su muerte, conviene entender dónde falleció y por qué estaba ahí, ya que murió en Blois, a unos 450 km tanto de Lyon como de Monistrol, las dos ciudades en torno a las que había girado toda su vida y apostolado.
Hasta 1821, Andrés Coindre había tenido como base la ciudad de Lyon, probablemente la segunda más importante de Francia. Pero en 1822 se trasladó a Monistrol, una localidad unos 90 km hacia el suroeste. Motivaron este desplazamiento dos situaciones: por un lado, Monseñor Joseph de Salamon (obispo titular de Saint-Flour y administrador apostólico de Le Puy, diócesis a la que pertenecía Monistrol) lo invitó a formar una comunidad de sacerdotes misioneros a semejanza de aquella con la que colaboraba en Lyon. Coindre aceptó este proyecto y fundó así su tercera congregación: los Misioneros del Sagrado Corazón.
El segundo motivo era el clima hostil que había en Lyon hacia la fundación de nuevas comunidades religiosas, situación que era inversa en Monistrol. El arzobispo de Lyon era el Cardenal Fesch, pariente de Napoleón, de quien Andrés recibió la ordenación sacerdotal, pero estaba exiliado en Roma por cuestiones políticas. En su ausencia, la arquidiócesis quedó a cargo de varios vicarios generales que pretendían que las nuevas congregaciones se unieran entre sí para formar otras mayores. Sin embargo, en Monistrol, bajo la autoridad de Monseñor de Salamon, Andrés Coindre sabía que sus hermanas y hermanos iban a poder ser aprobados de manera oficial y así emitir votos públicos sin inconvenientes. Las hermanas lo pudieron hacer en 1823 y nosotros en 1824.
Podríamos decir que en Monistrol el Padre Andrés Coindre era feliz; un hombre atareado, sin duda, supervisando tres congregaciones al tiempo que predicaba misiones, pero un hombre querido y valorado, con el respaldo de la autoridad eclesial. Sin embargo, en 1825 se nombró un obispo propio para Le Puy: Monseñor Louis-Jacques-Maurice de Bonald (más tarde llegaría a arzobispo de Lyon). Este nuevo prelado, un tanto autócrata, no veía con buenos ojos que Monistrol hiciera sombra a Le Puy, la sede episcopal, de modo que encargó a los Padres Jesuitas las misiones en la diócesis y comenzó a nombrar como párrocos a los principales misioneros de Coindre. Sin duda aquello no auguraba un buen final y Andrés no quiso entrar en conflicto con la autoridad; decidió dar un paso al costado y nombró al Padre Romain Montagnac nuevo superior de los Misioneros del Sagrado Corazón.
Antes de partir, Andrés brindó un último servicio a la diócesis: participó junto a los Padres Jesuitas en la misión de Le Puy desde principios de diciembre de 1825 hasta el 25 de enero de 1826. Había llegado allí por su fama de misionero y se despedía como tal. Justo después, marchó a Lyon para poner en orden sus asuntos y presidir en Fourvière, el 29 de enero, la profesión religiosa de varias hermanas, cuyas actas firmó ya como “Andrés Coindre, vicario general de Blois”, a donde marchó pocos días después, a comienzos de febrero de 1826.
¿Y por qué a Blois? Su obispo, Monseñor Philippe-François de Sauzin, había conocido meses antes a Coindre en una de sus misiones y quedó encantado. De modo que, consciente de las dificultades que tenía con el nuevo obispo de Le Puy, le invitó a su diócesis y lo nombró vicario general, superior del seminario mayor, canónigo honorario y, al poco tiempo, canónigo titular. De todos esos cargos, sin duda, el central era el de superior del seminario, donde se formaban los futuros sacerdotes.
Blois distaba unos 450 km tanto de Lyon como de Monistrol y el transporte más común era la carreta o la diligencia a caballo, que podía recorrer unos 100 km diarios, de modo que llegar de Lyon o Monistrol a Blois podía tomar unos cinco días. En tiempos de viajes en avión y comunicación instantánea gracias a internet nos puede resultar difícil comprender el nivel de desarraigo que este traslado pudo suponer para nuestro fundador, aspecto sobre el que volveremos más adelante.
Al ver las dificultades de Andrés Coindre con las autoridades eclesiásticas tanto de Lyon como de Monistrol, podemos deducir que no era alguien a quien se pudiera manipular con facilidad. Sin embargo, también descubrimos que nunca se encaprichó con una idea o proyecto, sino que puso siempre los planes de Dios antes que los de los hombres y muy por encima de su propia comodidad.
En medio de sus continuas misiones y cada vez que debió mudarse (a Bourg-en-Bresse, a San Bruno, al Pío Socorro, a Monistrol o a Blois) habrá sentido muy suyas las palabras de Jesús: “Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Mt 8, 20).